martes, 24 de julio de 2012

La tierra prometida


- ¿Por qué no vienes conmigo mamá? No puedo hacerlo solo. Tengo miedo… 
- No te preocupes cariño, claro que puedes. Puedes conseguir cualquier cosa que te propongas, nunca permitas que nadie te diga lo contrario. Vayas a donde vayas siempre estaré contigo. 
- Pero yo quiero quedarme con vosotros… No debes quedarte, este lugar es peligroso para un niño. Allí estarás mejor, ya lo verás. Podrás comer todos los días, y nadie más te volverá a tratar mal. Te encontrarás tan bien que no notarás ni nuestra ausencia, confía en mí. Nosotros iremos en cuento podamos, te lo aseguro. Y recuerda que siempre habrá un cielo que nos una hijo mío… Ahora ve. Corre. Y no mires atrás. Un futuro mejor te espera dentro de esa canoa. 
- Volveré de la tierra prometida a por vosotros, os lo prometo. 

Obediente, como siempre. Como le habían enseñado a ser. Habib se dio la vuelta y corrió. Corrió tanto como sus pequeñas piernas le permitieron, corrió veloz hacia ese nuevo futuro incierto, todavía por escribir, pero mejor en todos sus pensamientos, y como le habían dicho, no miró atrás. No pudo observar los llantos, en el fondo esperanzados, de su madre. Ni como a su padre inválido se le nublaba la sonrisa mientras le veía partir. Tampoco pudo apreciar los rostros  desesperados de sus hermanos, ni las muecas envidiosas de los que dejaba atrás. Lo que si pudo admirar cuando llegó fueron las caras ilusionadas y esperanzadas de todos y cada uno de los que iban a ser sus compañeros de travesía en ese viaje. En ese largo, complicado y fatigoso viaje. Aguardando para “embarcar” se asombró por la inmensa cantidad de personas que esperaban ansiosas un nuevo mundo, segundas oportunidades, sueños y ambiciones, con un colectivo toque de esperanza. La media de edad se situaba no más lejos de los 17 años, y niños como él abundaban en la canoa. Pero algo no le cuadraba. Algo escapaba a su entendimiento. A su alrededor se encontraban incluso más de 60 personas, y aunque la mayoría fueran, al igual que él, de poco peso y estatura, no llegaba a razonar como iban a caber todos en una barca. Nunca había visto una realmente, pero era conocida la fama de pequeñez de esas embarcaciones. Su inocente juicio aniñado no reflexionó mayor pensamiento de que habría gente la cual no embarcaría junto a ellos. Era una noche oscura, y fría. Demasiado fría para esa época del año. La primavera había comenzado hacía apenas unos días, y ya se podía apreciar a las tímidas flores aguardando el calor para salir de su escondite, los cantos suaves de las pequeñas aves divertidas, las gotas frías del rocío en la madrugada, e incluso el susurrar de los risueños animales. Habib estaba ansioso. Cada minuto que pasaba era una dosis de adrenalina más en su todavía pequeño cuerpo. Un arrebato de locura invadía su sistema nervioso impidiéndole escapar y mostrando la hora de irse, de algún modo, cada vez más distante. No estaba preocupado por la dura travesía en la que se embarcaba, o porque sus únicas posesiones en ese momento fueran él mismo, y lo que llevaba en su mano. Solo quería empezar de nuevo. Huir de ese lugar que tanto daño le había hecho. Escapar. 

2 horas más tarde

El agudo sonido de una sirena constante, hizo a Habib regresar al mundo de los mortales, y despertar de su profundo sueño. Era la señal. Era el momento de partir, de dejarlo todo, de irse, de correr, de no mirar atrás. Montar en el interior de la barca, se convirtió en todo un desafío para el pequeño, que no superaba los 12 años. Sin previo aviso, una muchedumbre de ansiosas personas se encaminó hacia la canoa llevando consigo a todo el que se cruzaba en su camino, fuera hombre, o niño, no había distinciones. No había preferencias, ni tampoco respeto. Solo había personas humanas comportándose como criaturas salvajes para luchar por sus sueños. Por suerte, la escasa estatura de Habib, le hizo posible el llegar sin rasguños 
abordo, y hacerse un sitio, por incómodo que fuera, en la canoa. Sus anteriores deliberaciones se vieron aplastadas cuando vio el lugar, en el cual había estado esperando dormido, completamente vacío. Sus pequeñas brazos, apretujados contra los demás pasajeros para dejar libre el mayor espacio posible, aún se veían adormiladas después de su largo sueño. Son curiosos los sueños. Un terreno aún desconocido por la mente humana. Un terreno pantanoso, donde se desconoce la línea difusa entre la realidad, y la ficción. A Habib sin embargo no parecía alterarle en absoluto, ese asunto. Se encontraba feliz, soñando despierto aún, 
recordándolo. Sí. Se acordaba perfectamente. No era la primera vez que tenía ese sueño, y sin embargo esperaba con creces que fuera la última, significando así que se había convertido, de algún modo, en algo cierto y real. Sus sueños no eran los habituales en un niño de su edad, y desde luego no eran habituales para un niño occidental. Sin embargo, sí eran los sueños habituales, en niños de su misma condición económica, cultural y social. Había soñado con su madre. Con su familia. Con las puertas de la felicidad abriéndose de par en par ante ellos, por primera vez en mucho tiempo, al llegar a la tierra prometida. Con las cadenas que los ataban impidiéndoles liberarse, por fin rotas. Había soñado dormido, con su propio sueño despierto, y que estaba seguro, por fin, se iba a convertir en realidad... 

Tres días después

La gran mayoría, estaban hambrientos. Una pequeña cantidad moribundos, o enfermos. Y muchos de ellos, muertos. La canoa se había vuelto espaciosa en esos últimos días, debido a los fallecimientos repentinos, o las hipotermias. Desde ese momento, a Habib ya nada le asustaba. Ya nada le daba miedo. Había sido 
testigo de la muerte de su único amigo en ese viaje, y de cómo más adelante era tragado por el mar, arrojado en manos de sus demás compañeros. Desde entonces, únicamente sobrevivía a base de esperanzas, e ilusiones, que muy a su pesar, poco a poco observaba cada vez más difusas y distantes. Una ola de nostalgia le invadió de repente, al contemplar inconscientemente el collar que su madre le había regalado antes de partir. Lo había echo ella misma, con sus propias manos. Tenía miedo que su pequeño se olvidara de ella, de su lugar, y de su familia. Tenía miedo de no poder abrazarlo más. Tenía miedo de que estando tan lejos no pudiera oír sus llantos si algo malo le pasaba. Tenía miedo, de verle marchar. Incluso él mismo tenía miedo en esos momentos. Y de repente, una luz cegadora en mitad de la oscuridad. Una llamada a la vida.  A la esperanza. ¿Estaría muerto? ¿Sería aquello el cielo? Los agudos  gritos de sus demás compañeros le hicieron salir de su nube. Regresar de sus tenebrosos pensamientos. Había llegado realmente al cielo. Al cielo de los que aún respiran. Al cielo de las oportunidades. A su propio cielo. No llegaban en avión. Ni en barco. Ni traían equipaje ni equipo de playa. Ni reserva de hotel, ni dinero. Solo eran dueños de sus ideales, y de sus manos dispuestas a trabajar y salir adelante. Habib se arrimó a al borde. Quería observar mejor todo lo que pudiera. Sus alterados sentidos solo captaban hondas de felicidad y entusiasmo. Llanto, pero no de tristeza, todo lo contrario. La alegría invadió por completo aquella patera. Habib observó por última vez antes de desembarcar el colgante de su madre, miró al cielo, y cerrando los ojos, prometió cumplir su trato. Prometió sacar a su madre de ese lugar. Prometió un cambio. Cada vez se acercaban más a la orilla. Se podían apreciar ya otras tonalidades de luces, como rojo y azul. Incluso se llegaba a percibir el leve sonido de unas sirenas. Unos hombres trajeados de uniforme esperaban con pose imponente en la orilla. ¿Pero quiénes eran? ¿Nos estarán esperando a nosotros? ¿Querrán darnos la bienvenida? Espera, pero ¿qué están haciendo? ¿Qué le ponen en las muñecas a ese hombre? ¿Qué está pasando? ¿Dónde esta la bienvenida? ¿Dónde está la ayuda? ¿Dónde están las segundas oportunidades? ¿Y mis sueños? ¿Qué pasa con mis sueños? ¿Dónde están?...

                                                                        Marina

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